El emblema de la FUNDACION MANUEL GARCÍA-PELAYO está lleno de significado y tiene su propia historia, tanto más interesante, dada la importancia que tuvieron los símbolos en el pensamiento del epónimo de la Fundación.
El emblema se estructura combinando tres símbolos: el halcón, el dodecaedro y la mandorla. El halcón no es un halcón cualquiera; es el halcón de Federico II de Suabia (1194-1250), tal como se lo representó en la figura que coronaba un cetro –de factura alemana o italiana- que perteneció a aquel monarca stupor mundi durante el siglo XIII. Manuel García-Pelayo adquirió una reproducción de dicho halcón en el Museo Metropolitano de Nueva York hacia 1960, cuando ya se había interesado por quien haría del reino de Sicilia el anticipo más logrado del Estado moderno. La figura le acompañó siempre en una de sus estanterías hasta que un temblor la echó al suelo dañándole la base. Restaurado después de su fallecimiento sirvió como modelo para el emblema de la Fundación en el que el ave de presa asume toda la fuerza del símbolo. Mirada fija y honda, y alto vuelo se integran en la figura del halcón para significar el rechazo a la superficialidad, la búsqueda de lo profundo y la elevación del espíritu. Así el halcón es símbolo ascendente que, desde la antigüedad –es el caso del Horus egipcio- se llena de fuerzas que trascienden las culturas.
En el emblema de la FUNDACIÓN MANUEL GARCÍA-PELAYO el halcón se posa sobre un dodecaedro. No se trata de un dodecaedro cualquiera; es el dodecaedro de Leonardo de Vinci que si bien no se relaciona con la biografía del epónimo de la Fundación, tiene que ver con las cinco áreas fundamentales de trabajo que animan la institución, con las cinco colecciones de su proyección editorial, y con la relación entre el significado del símbolo y el espíritu y norte que presiden la Fundación. El dodecaedro es, como el halcón un símbolo ascendente en el que se expresa la perfección del número y de la idea que presiden el cosmos; de origen pitagórico y platónico es un sólido que integra los doce pentágonos constitutivos de la figura geométrica perfecta.
La mandorla es el tercer símbolo del emblema. Es figura derivada de la “almendra” que en la Edad Media expresaba gloria, majestad, fama y trascendencia, y con ello la permanencia de las figuras que se encerraban en ella, generalmente la Virgen o el Cristo en majestad. En el emblema de la Fundación la mandorla se forma como elipse con el texto de la divisa en el arco superior y el nombre de la institución en el inferior, para envolver a las figuras del halcón y del dodecaedro. Se sugiere así el deseo de perdurabilidad y trascendencia para la institución.
Sic itur ad astra es el texto de la divisa que expresa la orientación de la labor académica de Manuel García-Pelayo, así como el destino que se quiere imprimir a la Fundación que lleva su nombre. Originalmente se había tomado como divisa la de los tipógrafos de Flandes y España en el siglo XVI (Post tenebras spero lucem) la cual no fue acogida con entusiasmo por algunos discípulos de García-Pelayo. Entonces Humberto Njaim propuso una nueva que rezaba Per aspera ad astra con la cual se imprimieron folletos para presentar en Caracas las Obras Completas del epónimo. Esa presentación se acompañó con una exposición de la obra suelta del autor en la que figuraba su tesis doctoral, inédita, mandada a encuadernar por su padre D. Angel García-Pelayo hacia los años treinta. Al dorso de la encuadernación había un emblema en que figuraba un búho, un libro atravesado por una espada y un arco gótico con la divisa Sic itur ad astra, que desde entonces pasó a ser la divisa definitiva de la Fundación. Los orígenes de la frase están en la Eneida de Virgilio y en escritos de Ovidio, en líneas alusivas a la juventud, coincidentes con lo que el padre de García-Pelayo podía desear para el joven doctorando, y con lo que hoy puede desearse para la Fundación que lleva su nombre.
“¡Bien, mozo, bien por tu incipiente valentía! Este es el camino de los astros. ¡Oh, tú a quien dioses engendraron y dioses engendrarás!” (Virgilio, Eneida, IX, 641).